Exposición VÍCTOR DOLÇ

Liberarse de la carne -trascenderla- ha sido la principal obsesión de nuetra cultura judeocristiana aunque sin llegar nunca a la perfecta (por definitiva) solución de Séneca: "El menosprecio del propio cuerpo es un signo seguro de libertad; puedes abrir el camino a la libertad con una lanceta". Con todo, ni el suicidio programático de Séneca ni el menosprecio hacia la materia de la mayoría de antiguos (Diógenes al frente) consiguen mitigar el instinto de supervivencia (conatus spinoziano) que conservamos casi siempre de manera inexplicable, contracorriente, contra toda lógica existencial. Nos parecemos mucho más a los viejos de Cavafis, en aquellos contenedores decrépitos de almas que sufrían el peso de la vida mezquina que todavía arrastraban pero que, al mismo tiempo y a pesar del tedio, temblaban ante la idea de perderla: "desconcertadas y contradictorias/las almas -tragicómicas- habitan/en sus viejos pergaminos de escombros".

LA REPRESENTACIÓN DEL DRAMA.
Si al miedo a dejar de existir, al miedo al dolor, añadimos el miedo a la soledad y a la imposibilidad de explicar este drama de forma clara e inequívoca, mínimamente definitiva, entonces nos situamos de pleno en el espacio de indeterminación marcado por el signo de la persecución inefable: toda representación de este drama se adivina parcial, necesariamente aproximada, desesperada e incluso, contradictoria en muchas de sus partes. La propuesta pictórica de Víctor Dolz se inscribe de pleno en este contexto.

HACIA LA INFINITUD.
Claro está, por lo tanto, que no hay lugar para el virtuosismo ni para lirismos innecesarios: las pinturas de Dolz son prácticamente aguadas que tienen más de espectro que de nada en concreto, entornos faltos de referentes -la neutralidad del vacío que se aproxima- que no hacen otra cosa que reforzar todavía más la soledad de un protagonista que lo es a la fuerza. El artista no rehuye el posicionamiento ético pero opta, en cambio, por asumir un distanciamiento respetuoso: sabe perfectamente cuáles son los límites de cualquier discurso que que quiera hablar de lo que él habla: la ignorancia de lo que observa sabiéndose sólo espectador impotente, como si se tratara de una especie de escribano ajetreado a constatar aquello que sucede delante de sus ojos. La exposición que Dolz presenta en la Galería Art25 supone una excelente oportunidad para reflexionar sobre aquello que todavía puede explicar mejor la pimtura que ningún otro arte: el gesto de aquél que asiste al drama ininterrumpido de la finitud humana y que, además, consigue emplear de manera indefinida la presencia de su referente indicándonos que cualquier historia siempre está inacabada; inacabada, en todo caso, no para sus protagonistas sino para la multitud de espectadores que todavía tendrán que venir. Espectadores, como decíamos, que también serán protagonistas.

Eudald Camps
Artículo revista Bon Art, num.113 marzo 2009


 



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